Archivo Eduardo Torroja Miret, CEHOPU-CEDEX ETM-125-001 · Caja 035 · 60. 277.607 van dycke sin firmar
En 1936, en el corazón de Madrid, se construyó un edificio cuya estructura —especialmente su cubierta— incorporaba soluciones técnicas audaces y adelantadas a su época. El arquitecto Secundino Zuazo y el ingeniero Eduardo Torroja concibieron y construyeron en tiempo récord una estructura ligera, precisa y ambiciosa: dos cilindros asimétricos de hormigón armado, de apenas 8 centímetros de grosor, que cubrían una luz de 32,5 metros sin apoyos intermedios.
Con asombrosa precisión, la cubierta se desplegaba con un perfil de gaviota. La luz natural atravesaba dos celosías longitudinales formadas por retículas de triángulos equiláteros, proyectando iluminación natural sobre el interior. Todo estaba diseñado para parecer ligero: desde la galería superior, sostenida por una gran viga de canto, hasta los palcos, suspendidos de ella mediante delgados tirantes metálicos. Nada pesaba más de lo necesario.
Alberto Areta a partir del plano original:
Archivo Eduardo Torroja Miret, CEHOPU-CEDEX ETM-125-001/Caja 035 · 42. 277.282 van dycke sin firmar
En una época de trabajo meramente manual, lápiz, papel, tablas matemáticas y reglas de cálculo, consiguieron en menos de un año idear, proyectar y construir una edificación portentosa, ajustada a un presupuesto comedido, racionalista y humana a la vez. Muy al contrario de ciertos ilustres malabaristas del dinero público, el hormigón blanco y la forma vacía, cuya arquitectura parece más interesada en deslumbrar con alardes estructurales que en responder a una necesidad humana.
El edificio se inauguró el 29 de febrero de 1936, una fecha improbable para una obra improbable. Fue, durante unos meses, un símbolo de modernidad, una muestra de lo que se podía lograr cuando la intención, el conocimiento y la belleza caminaban de la mano.
Alberto Areta a partir del plano original:
Archivo Eduardo Torroja Miret, CEHOPU-CEDEX ETM-125-001 · Caja 035 · 42. 277.281 van dycke sin firmar
Pero el contexto era más frágil que la propia cubierta. Con el estallido de la Guerra Civil, el frontón fue transformado en hospital de sangre por el Ateneo Libertario de Delicias, dependiente de la FAI. En 1937, los bombardeos perforaron la cubierta, que aun así se mantuvo en pie durante más de dos años. Aquella lámina herida parecía resistir no solo el impacto de las bombas, sino también el paso de un tiempo cada vez más incierto.
El desenlace llegó el 15 de agosto de 1939, cuando la cúpula colapsó durante los trabajos de restauración. Fue una pérdida silenciosa, sin explosiones ni titulares. Un derrumbe no solo material, sino simbólico: lo que cayó entonces fue más que una estructura. Era el final de una promesa de modernidad que había quedado en suspenso.
Más que una ruina, lo que quedó fue una imagen suspendida: la de una esperanza frustrada. El Frontón Recoletos no fue solo una obra de ingeniería avanzada, sino el eco de un país que estuvo a punto de ser otro. Su caída no selló únicamente el destino de un edificio, sino el de una visión de futuro que, al menos por un tiempo, pareció posible.
Documentación fotográfica de la cúpula del Frontón Recoletos (c. 1936) · Colección privada. “s/c, 2017”
Acabada la guerra, la empresa propietaria, NEFSA, encargó a Torroja la reconstrucción de la cúpula. En un anteproyecto, este propuso reforzarla mediante unos anillos transversales sobre los lóbulos hasta los lucernarios. Sin embargo, al comenzar los trabajos de retirada de los recubrimientos de la bóveda, esta se derrumbó. La empresa, tras valorar otras opciones y dado que Secundino Zuazo se encontraba ya expedientado, decidió encargar a otro arquitecto la reconstrucción mediante un sistema de cerchas metálicas que rompía con el fundamento más íntimo del proyecto original de Zuazo y Torroja.
A partir de ese momento, sus caminos ya no volverían a cruzarse. Torroja pudo mantener su prestigio institucional y su carrera se desarrolló bajo el nuevo régimen dictatorial, mientras Zuazo, como tantos otros, fue depurado y apartado. Nada en los años siguientes indica que retomaran contacto, ni en forma de colaboración ni de reconocimiento público. Una separación marcada por el silencio: el de un país quebrado, donde quienes compartieron quedaron condenados a habitar mundos distintos.
Pero si la oscuridad se cernió sobre arquitectos como Zuazo, sobre las mujeres se proyectó una sombra aún más densa: el mandato de regresar a la invisibilidad del hogar, de renunciar a su reciente conquista del espacio intelectual. Sin embargo, fue precisamente en ese encierro doméstico, lejos de los andamios y sin más herramientas que la tenacidad, donde se levantó otra estructura monumental.
La depuración alcanzó de lleno a María Moliner, quien fue degradada dieciocho niveles en el escalafón administrativo. Años más tarde, incorporó la acepción de «depurar» en su Diccionario de Uso del Español con la precisión de quien no olvida.
La 3ª acepción de "depurar" quedaba consignada así:
tr. Puede tener significado político: someter a investigación a un cuerpo u organismo para eliminar de él a las personas consideradas peligrosas o desafectas al régimen que impera. El complemento directo puede ser el organismo, los que lo forman o cada uno de éstos en particular: Depurar la administración [el partido, a los catedráticos]. Fue depurado y expulsado de su cargo.
Esa misma metodología racional y esa inquebrantable tenacidad que la impulsó a llevar el conocimiento a cada rincón, fue la que empleó para construir, ficha a ficha con su pequeña Olivetti Pluma 22, su gran obra lexicográfica en el encierro doméstico.
El diccionario —su «quinto hijo» figurado— fue su respuesta inteligente frente a Goliat. Lo levantó ella sola: un volumen más útil y humano que el de una academia como la RAE, que en pleno siglo XX seguía convencida de que la autoridad sobre la lengua era un asunto exclusivamente masculino y le negó la entrada en 1972. Hubo que esperar hasta 1978 para que su amiga Carmen Conde lograra entrar para ocupar el asiento de la letra K.
Zuazo, Torroja y Moliner compartieron una forma de hacer: construir con ingenio pensando en las personas. La dictadura separó sus caminos: Torroja se adaptó al régimen, la luz de Zuazo fue sofocada, y Moliner, desde un puesto aún más frágil, levantó otro edificio: un diccionario vivo, tejido con paciencia, lleno de ejemplos cotidianos, más útil y humano que el de una academia que le cerró la puerta. De maneras distintas, dejaron algo que iba más allá de su oficio: una idea de país que no pudo llegar a ser, y cuya luz quebrada todavía perfila nuestra sombra.
"Desde luego es una cosa indicada que un filólogo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ¡Pero y ese hombre cómo no está en la Academia!”
María Moliner citada por Daniel Sueiro
"Vuestra decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria"
Carmen Conde
Bibliografía:
· Archivo Eduardo Torroja Miret, CEHOPU-CEDEX:
ARCHIVO
PLANOS
· Torroja ,Eduardo (1962) «Informes de la Construcción», ISSN: 0020-0883, Vol: 14, Issue: 137, Page: 41-50 http://dx.doi.org/10.3989/ic.1962.v14.i137.4931
· Larripa Artieda, V. (2013). FRONTÓN RECOLETOS: LA CONSTRUCCIÓN DE LA METÁFORA /Frontón Recoletos: the construction of the metaphor. Proyecto, Progreso, Arquitectura, (8), 72–87. https://doi.org/10.12795/ppa.2013.i8.05
· Neuman, Andrés (2025) «Hasta que empieza a brillar» Editorial Alfaguara, 2025. 296 páginas, ISBN 9788410496279
· López González, C., Carreiro Otero, M. and García Navarro, Justo (2014). Génesis y período vital del Frontón Recoletos. «Informes de la Construccion», v. 66 (n. 536); pp. 1-11. ISSN 0020-0883. https://doi.org/10.3989/ic.14.060